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María, por Cristina Ibáñez



"Me llamo María y tengo 61 años. 

Conviví con el padre de mis dos hijos 18 años. Han pasado casi 23 de aquella separación que nos marcó para siempre. Sé que mis hijos y yo tenemos una huella en el corazón y, a veces, el dolor sale.

Al principio, cuando estábamos enamorados, la cosa anduvo pero después noté que le gustaba tomar bastante cuando estábamos con amigos. Pensé que con el tiempo eso iba a cambiar, que ser padre lo iba a volver más responsable.  

Desde que lo conocí tuvo una relación conflictiva con la madre y nosotros vivíamos con ella. Cada tanto, se peleaban y mi hija y yo estábamos en el medio. 

Después de que nació nuestro segundo hijo, empecé a trabajar en la escuela  y él seguía con su taller de artesanías. Yo las vendía, pero mi sueldo era el que sostenía la casa y él entró en estados depresivos. Permanecía días tirado en la cama.  Discutíamos y él  tomaba vino todas las noches y hacía escenas de violencia: me gritaba, me amenazaba. Nos volvimos hoscos.

Cuando le decía que me quería separar,  él se ponía violento y dos o tres veces me levantó  la mano. Una vez fui con un ojo morado a la escuela, me tapé el moretón con un cosmético y dije que me había caído.

Vivíamos en la parte de atrás del terreno, mi suegra escuchaba las discusiones e intervenía,  se armaban unas trifulcas bárbaras. No me animaba a irme, no quería volver a la casa de mi mamá. Me sentía prisionera.

La cosa era así: nos peleábamos, no nos hablábamos, hacíamos las paces por un tiempo y después él volvía a tomar. Cuando me fui me di cuenta de este círculo.

Una vez fui al almacén del barrio a comprar algo de apuro y cuando le pagué al almacenero me preguntó si iba a pagar la deuda de mi marido. Yo no entendí a qué se refería. Entonces él me contó que todas las tardes mandaba a mi hijo a pedir fiado una cerveza o un vinito cuando yo estaba trabajando. Para mí, fue el principio del fin. Entablamos una guerra sin cuartel, de silencios y tensiones. Dejé de quererlo.

Me mataba volver de la escuela, ir a saludarlo y sentir el aliento a alcohol. Me volví amargada y triste. Oscura como él.

Una noche, comenzamos a discutir después de la cena. No recuerdo con claridad cómo empezó porque en estos casos, cualquier cosa sirve de motivo. Supongo que le dije que no aguantaba más y él, borracho, enloqueció y levantó su puño cerrado. Mi hija  que presenciaba la escena se interpuso entre su mano y mi cuerpo. Ella recibió el golpe en la boca y gritó. Cuando la vi ensangrentada me abalancé sobre él con una fuerza descomunal que no sé de dónde me salió y lo tiré al piso. Mi hija salió corriendo a lo de mi suegra que, al verla herida en la boca, la atendió y vino a buscarnos a mi hijo y a mí. Él se quedó solo en la casa llorando y pidiendo que lo perdonáramos.

Esa noche fue una violencia terrible. Mi suegra nos tenía a mis hijos y a mí encerrados en su casa. Él había quedado en la casa de atrás gritando hasta que el sueño lo venció.

Mi hija se quería ir y yo le dije que nos íbamos a ir todos cuando él se durmiera. Cuando se hizo la mañana ella y yo nos fuimos, pero mi hijo se quiso quedar a acompañar al padre. Le dije que lo vendría a buscar. Fue un momento terrible. Mi suegra me pidió que me fuera por unos días pero que volviera. Yo le dije que sí.

A los pocos días volví porque él me amenazó por teléfono. Me decía que se iba suicidar adelante de mi hijo. Fui a buscar a mi hijo por la mañana, aconsejada por un terapeuta, pasé el día en la casa y esa noche tuve que compartir la cama con él. Yo tenía mucho miedo, pero quería rescatar a mi hijo. Un médico vecino tuvo que sedarlo porque él andaba enfurecido y la madre intercedía a cada momento. Al día siguiente, me fui con mi hijo. Volví a buscar nuestras cosas otro día, sabiendo que él no estaba.

Una amiga me refugió en su casa, varios profesionales, amigos y familiares me ayudaron.

Nuestra vida cambió."

                                                                                                       


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