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Jenny, por Hugo Paternoster



Mi nombre es Jenny, vivo en Neuquén. Conocí a mi segunda pareja a fines del año 1998. Estuvimos conviviendo un tiempo y decidimos casarnos. Yo ya tenía a mi primera hija, que en ese momento tenía dos años. Él empezó a golpearme a la semana de habernos casado. 

Al poco tiempo nos fuimos a vivir a EEUU, pero no me adapté y bajamos a México, donde nació mi segundo hijo. Mi ex empezó a golpearme todos los días, también delante de mis chicos. Lo echaba de casa pero volvía, me pedía ver a los chicos y decía que iba a volver al psiquiatra, me prometía que iba a hacer el tratamiento. Sus amigos me contaban que se había querido suicidar tomando pastillas o que se había querido ahorcar.

En 2003 volví de México, la situación era insostenible. Desde allá, él me llamaba por teléfono para decirme que volviera y me amenazaba con venir a buscarme.

Con la Argentina en crisis, volví a México. Allí conseguí trabajo, en realidad, siempre fui el único sostén de la casa. Él volvió a golpearme. Un día, además de golpearme, rompió los muebles, documentos míos y los pasaportes de los chicos. Fue entonces que decidí volver a Neuquén.

Mis padres estaban viviendo en mi departamento y entonces fui a la casa de mi suegra. Pero él volvió de México y fue a buscarme. Me golpeó tanto que me quebró las costillas y me perforó un pulmón. Yo salí de allí con mis dos hijos; como pude, llegué al departamento de mis padres y fuimos a hacer la denuncia a la comisaría. Estuve internada en la clínica sin poder respirar; él quedó libre a las 24 horas. Lesiones leves calificadas. Cuando salió, me denunció por intento de asesinato.

En México, cuando yo me iba a trabajar, él se quedaba cuidando a mi hija. Ella lloraba y gritaba hasta vomitar. En la adolescencia, padeció un trastorno alimenticio por el cual vomitaba coágulos de sangre. Hizo varios tratamientos en Neuquén porque no comía y perdía peso constantemente. Un día el médico psiquiatra me dijo que lo mejor era llevarla a una clínica en Buenos Aires. Horas antes del traslado, el médico pidió hablar conmigo. Me dijo que mi hija contó en su terapia que mi ex había abusado de ella desde los dos años hasta los siete. “La ducha tenía llave por dentro y por fuera, si quería gritar me amenazaba con dejarme encerrada, y me metía la cabeza en el inodoro”, contó ella.

Un año después, mi hijo me dice que él también fue victima de abuso.

En ese momento una se pregunta: ¿Qué hago? Lo mato o me mato.

En Buenos Aires, mi hija recuperó peso pero tuvo tres intentos de suicidio.

A los 16 años, ella declaró. Dos peritos médicas la obligaron a desnudarse para verificar si hubo penetración o si quedaban marcas de moretones en su cuerpo. Mi hija fue abusada desde los dos hasta los siete años. Habían pasado nueve años y buscaban marcas en el cuerpo.

Después de cuatro meses de presentar pruebas, cuando el caso llegó a juicio, el tribunal lo dejó en libertad por el beneficio de la duda. El fallo dijo que, como el abuso de ella fue en México, se tendría que haber instruido el juicio en ese país y que las pruebas presentadas en Neuquén no alcanzaban para determinar que habían abusado de ella.

El juzgado le impuso una restricción domiciliaria de doscientos metros, sin embargo él aparece en el colegio de nuestro hijo, le escribe por redes sociales, le dice que quiere verlo y le pide que cuide a su hermana.

A pesar de tener una restricción domiciliaria, el departamento donde vivo aparece empapelado en todos los pisos con hojas en donde pide volver a ver a nuestro hijo.

Yo recibo constantes amenazas de muerte y, a pesar de la protección policial, tengo que esconderme en mi lugar de trabajo porque existe la posibilidad de que vaya a buscarme. 

Cambio de casa todas las semanas. Nuestro hijo vive conmigo y es una gran compañía para mí. Mi hija no pudo seguir viviendo aquí, y se mudó.

¿Por qué no me di cuenta a tiempo?

Pienso en la muerte constantemente, en las compañeras que estamos en la misma situación, en las que no aguantaron y se suicidaron.

Quiero creer en la justicia, espero que, algún día, pueda tener un final feliz.

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