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Bàrbara Baum, por Sebastián La Prezioso


" Me llamo Bárbara Baum, nací en Salto, provincia de Buenos Aires, donde vivo hasta hoy.

Una noche mi mamá se fue a jugar a la canasta con unas viejas de acá a la vuelta. Ricardo quedó a cargo mío yo tenía nueve años. Me manoseo. Me encerré en el baño y esperé a mi mamá para contarle todo. Pero no me creyó, y encima, me fajó; después me echó a la calle, por mentirosa, me dijo.

Viví en lo de mi abuela, con ella y un primo de mi mamá. Una tarde este tipo se me metió en la ducha, y me violó, con rabia. Me fui, tenía trece años; por miedo a que no me creyeran no le dije a nadie.

Dormí en un parque, hasta que una señora que siempre me veía en los bancos de ese parque me ofreció una piecita.

Cumplí los dieciséis, y ese mismo día conseguí de telefonista en una remisería. Ahí conocí a Alfredo Ferrari, con quien viví cinco años y tuve dos nenas y un nene.

Con Alfredo todo anduvo bien, hasta que quedé embarazada. Después de eso, la cosa cambió mucho; no paró de insultarme y de cagarme a palos casi todos los días, por nada; inventaba excusas.

Alfredo era un tipo de mierda, pero de mierda de verdad. Ya ni me importaba. Yo quería una sola cosa: Que me embarazara. Quería tener un hijo y nada más. Tuve tres. Hoy pienso que -en el fondo- lo que quería era no sentirme nunca más sola.

Esa vez me adelanté a lo que podía pasar, entonces le juré que si tocaba a mis hijos lo mataba. “Pero a quién vas a matar vos, mal cogida”, me dijo, y se reía.

El muy estúpido se confió porque yo tenía nada más que veintiún años. Pasaron unos días. Después de comer, tipo dos, les pegó no sé cuántos cintazos a las nenas, adentro de la pieza: “Porque no querían dormir la siesta”, me contestó.

Les pegó con la hebilla más grande que tenía, de un cinto que ni usaba, cosa de lastimarlas bien lastimadas. En el momento no hice nada.

Y siguió pegándoles. La rabia que yo tenía adentro me iba a enfermar, una vez hasta me desmayé porque me levantó la presión.

Me remordí meses, todo el tiempo. No podía más.

Una noche vino a ver el partido de Boca y River, estaba borracho; nos cambió de canal, me putió de arriba abajo, porque tenía ganas nomás, yo me fui a la cocina; terminó el primer tiempo, me pidió no se qué cosa –no podía ni hablar del pedo- y le dije que no, se me vino como loco, cuando lo tuve atrás me di vuelta y le metí una cuchilla de cabo blanco en la panza, bien hasta el fondo, y lo llevé al hospital.

Se ve que aprendió porque se fue a vivir a lo de su mamá.

Estuve una semana presa, pero me largaron porque fueron muchos los testigos que contaron lo que Alfredo me hizo esos años.

Lo peor de haber estado presa fue que esa semana los chicos estuvieron con él, en la casa de su mamá. Cuando los fui a buscar la mamá de Alfredo me pegó con un palo y él me pateó en el suelo. Me los traje igual a los chicos gracias a unos vecinos que me ayudaron. 

A Alfredo le pusieron una restricción. Pero una tarde, mientras yo trabajaba, los volvió a llevar a lo de su mamá. Fui con la policía, nos entregaron los chicos enseguida. Yo no soy boluda, sabía que él volvería a robarlos, cualquier tarde, mientras yo trabajara.

No me importaba nada más que mis hijos. Trabajé de noche, mientras mis hijos dormían; me acosté con tipos por plata. Todo eso fue un asco, pero fue lo que nos dio de comer y fue lo único que se me ocurrió por si Alfredo volvía cualquier tarde a llevárselos. Yo siempre en casa, todo el día. No me arrepiento de nada.

Ese mismo año me junté con un hombre, que conocí mientras fui prostituta, había sido mi cliente. Volví a mi trabajo anterior, él colaboró con todo en la casa. No es fácil hacer de nuevo mi vida, en estos pueblos todos saben todo.

Yo tenía veintiún años cuando lo apuñalé; y ese mismo año trabajé de noche. Hoy tengo treinta y seis. "

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