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R, por Anabella Foscaldo


A mi hija nunca se lo conté, le dije que no tenía papá y ella nunca preguntó, hoy tiene 30 años. Nació mi hija y aprendí a quererla después, con el tiempo, al principio no la quería. Me ayudaba mi mamá, mi hermano… se usaba pañal de tela, y empecé a quererla. Nunca hablamos ese tema, es un tabú y me cuesta decirle a ella cómo fue que llegó, creo que para ella va a ser… se va a avergonzar.

Yo tenía 25 años cuando nació y aunque era grande, yo era muy inocente. Fui a un restaurante, me senté a tomar una bebida y él se vino a mi mesa y me dijo si se podía sentar, y no sé si yo era muy tímida  o no sé…, él se sentó y me dijo: “Yo soy fulano de tal, trabajo en tal lado. Yo te puedo conseguir trabajo; vamos, vení conmigo que voy a buscar unos papeles”.

Yo lo seguí, mientras íbamos el tipo me dijo: “Trabajo en la aduana, te puedo conseguir un trabajo ahí”. Me fui con él. Me llevó a una casa, me dijo que él cuidaba esa casa, y bueno… Me hace entrar, cierra la puerta, me lleva hacia una habitación, me jalona, me tira al borde de un sillón y al minuto me pone los brazos y las piernas en posición de un abuso. Traté de defenderme pero yo no tenía fuerza porque era muy flaquita, toda delgadita, y en un minuto no sé, me paro, y él me vuelve a arrinconar y no sé cómo caigo y me pone las dos piernas encima de mi cuerpo, y en un minuto ya se había vaciado el tipo. Yo me levanto como puedo. El tipo se incorpora, me va a abrir la puerta de la calle y me hace que lo mire. Salí desesperada a la calle pero no pedí auxilio, solamente gritaba y lloraba. Así me pasó, me fui a casa, seguía llorando pero no hablaba, no hablaba. En casa estaban mis padres y mis dos hermanos. No hablé, no hablé. Sólo le dije a una amiga mía: “Mirá, me pasó con este tipo que trabaja en la aduana y abusó de mí, abusó, abusó de mí”. Ella me pregunta pero dónde, cómo. No sé le digo, no sé.  Ella: ¿Y ahora? Pasaron los días, quince, los veinte días, llegó el mes y me saqué un estudio y salió que estaba embarazada.

Y no hablé, no denuncié a las veinticuatro horas ni a las doce, ni a las ocho ni al mes. En casa nadie se dio cuenta de que estaba embarazada. Yo era tan flaquita que mi panza era chiquita, hasta los cinco meses que ya la panza me empezó a crecer y entonces fui y avisé a la mujer de mi padrino. Ella fue conmigo y le contó a mamá. Recién entonces pude hablar. “Un hombre así, así“. Mis padres fueron a buscarlo. Era verdad que el tipo trabajaba en la aduana, era verdad. Cuando voy a su trabajo, me entero de que el tipo había estado preso por una violación a una abuela, y que lo había sacado su hermana, que trabajaba en tribunales.

Y dijo también: “Ya son cinco meses y no se puede hacer nada”. Y bueno, quedé con el embarazo y nació mi hija. Nunca le conté lo que había pasado; ella tampoco preguntaba. Sólo una vez le dije que ella no tenía papá y nunca volvimos a hablar de ese tema, no quisiera que mi hija se sintiera mal. 

Después tuve cinco hijos más con mi marido que me junté. Una conocida me decía: “Sólo sabes hacer hijos”, nunca me pude olvidar de esas palabras. Yo no tengo nada, pero soy feliz con mis seis hijos. Mi primera hija de ese matrimonio tiene 22 años y ya fue mamá.

Antes que tuviera a mi hija mayor, tenía buenos pretendientes, chicos que valían la pena. Después de la violación, me tocó el destino de tener un tipo que nunca le gustó trabajar, y ahora son las consecuencias, porque para tener un techo hay que mirar caras, sí, caras de la gente que te presta y te dice: “Mañana te tienes que ir”. Es triste para una mujer tener un hijo y hoy estás acá en lo del amiguito, el sobrinito, la cuñadita…

No agarres mi espejo, le digo a mis hijas mujeres: me junté con tu padre, vago él, vaga yo.

Yo ya tengo 56 años.

A veces la vida es injusta.


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