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Lorenza Pacheco, por Anabella Foscaldo



Me llamo Lorenza Pacheco y tengo 66 años.

Hay muchas cosas que no recuerdo por los golpes, por ahí tengo pesadillas, pero hace poco soñé con mi papá que me dice: Ya te voy a venir a buscar.

A los 18 años me puse de novia y al año me casé en Goya, Corrientes.

Después de la ceremonia, mis padrinos me dijeron que me llevaban a casa y después, a la fiesta. Cuando llegamos, él me dice: Vos te quedás acá. Le pregunté si no iba a llevarme a la reunión con mi papá y dice: Vos no, eso es para los hombres. Estaba recién casada, no sabía, y le dije: Está bien.

Volvió a las dos de la mañana, un poco picado, y me dijo que yo me revolcaba en la huerta y ahí nomás me pegó.

Fuimos a vivir a la casa de su primo y me dijo: De acá no salís más, acá no va a llegar nadie de tu familia.

A la siesta de ese día, invitó a sus primos a almorzar. Él me dice: Servíme el vino y leche también. Yo era un poco ignoranta viniendo del campo. Le pregunto: ¿Dónde le sirvo la leche? ¿En el vino?”, y él me contesta: ¿Dónde va a ser, tonta? Entonces le pongo la leche sobre el vino, él me tira el vaso, me pega y salieron a defenderme sus primos.

Me llevó a la pieza y me volvió a pegar y me encerró. Viví así tres meses.

Yo no sabía qué hacer y una vez me tomé Baygón para ratas, yo quería morirme.

Me llevaron al hospital, vino la policía y vinieron todos mis hermanos, querían matarlo. Él me dijo: Vos hablás y mato a tus 11 hermanos y a tu padre, vos te quejás y me denunciás y yo te mato.

Me hicieron lavaje de estómago y salí. A la semana me reventó la mandíbula.

No quería que mire a nadie, que salude a nadie, no quería que me visite nadie.

Me rompió la nariz, la cabeza, me pegó en el hígado tuvieron que operarme porque se hizo una fístula.

Entonces junté plata en tres años, cuatro. Él no quería que salga a la calle ni para hacer los mandados, pero la enfermera que vivía en frente sabía que él me pegaba entonces cuando él no estaba, ella venía y me decía: ¿Querés que te enseñe a poner una sonda o a dar una inyección?

En el campo la gente se enfermaba del mal orín, no podían orinar, hay que poner una inyección y una sonda para que puedan orinar. Yo aprendí, y la gente me dejaba gallinas, ovejas, un chanchito, una vaquita, él se enojaba, decía que eso me lo traían mis machos.
Otros me pagaban con lo que sacaban de la cosecha del tabaco, me traían la plata y yo ponía adentro del colchón.

Me quede embarazada y me seguía pegando. Que ni se me ocurra salir.

Él salía todas las noches porque tenía otra mujer. Organicé para escapar y cuando debía venir el remise a buscarme, llegó él, me pegó y me sacó las dos criaturas, uno que tenía dos años y otro que recién caminaba. Me quedé con miedo porque me pegó mucho y se llevó a los chicos, yo le pedía por favor.

Me hacía dormir en el suelo, pasé el infierno durante tres meses, le prometía que no me iba a escapar y a los tres meses, me trajo a mis hijos.

Tuve cinco hijos. Yo tenía fe que algún día iba a salir. Salí cuando me enfermé muy mal y mi hija me trajo a Buenos Aires, al Hospital Haedo, mis otros hijos quedaron con él.
Cuando me avisa mi otra hija que el padre le pega a ella también, me fui a buscarla. A la mayor la abusó, a la otra le pegaba. Llego y sale gritando la mayor: Papá me está por matar.

Saca el 38 y le fallan los tiros y saca el 44, mi hija me empuja para que no me dé y el tiro salió pero él creyó que me mató, cuando me levanto, cazo la silla de algarrobo y le di con la silla en la frente, sale por la otra puerta y yo salí a la calle, al no verme él creyó que me mató y se pegó un tiro en la cabeza. ¿Murió? No.

Vinieron de la policía, me llevaron presa a mí. A las tres horas me largaron.

Me fui a Buenos Aires y mi hijo me pide plata para operar al padre del tiro en la cabeza. Le pedí a mi patrona y fui al hospital y le pregunto al doctor: ¿Está acá Ortiz Marcelino Ramón?, y me dice: Pase a darle de comer… ¿Qué?

Dejé la plata y me mandé a mudar. Creía que él iba a morir, pero cruel demonio nunca muere.

Duró cinco años más, lo encontraron muerto en la calle como un perro.

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