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Contar la violencia, por Silvina Quintans


Sábado a la noche, reunión de parejas. Ellos charlan en un rincón del living, nosotras en otro. Sendas conversaciones van por vías diferentes. Nosotras repasamos una y mil veces las mismas anécdotas del colegio, de los viajes, de tantos años compartidos. De pronto, una en tono jocoso dispara un recuerdo que hacía años habíamos enterrado.

- ¿Te acordás de aquel día en que íbamos caminando las tres y un tipo nos empezó a seguir?. Estaba oscuro, y yo no me había dado cuenta, pero Uds. me apuraban. Cuando llegamos a casa, él seguía detrás de nosotras y Uds. le empujaron la puerta encima. No me voy a olvidar nunca –risas- de la imagen del tipo en bolas contra el vidrio mientras nosotras gritábamos del lado de adentro

Ellos dejaron su conversación, interesados en la anécdota.

- ¿Y cuando cruzábamos a la mañana la Plaza Las Heras camino a la escuela y los tipos nos gritaban de todo desde los edificios en construcción? ¿Qué teníamos? ¿Doce años?, sigue otra.

- A mí me apoyó uno en el subte cuando tenía 9 años y viajaba con mi mamá, me dio mucha impresión y nunca se lo conté a nadie, confesó otra.

- Una vez un tipo se paró al lado mío cuando esperaba el colectivo, sacó el pito e hizo algo que yo en ese momento no entendía qué era. Después enfundó de nuevo y se fue. Yo en el momento quedé petrificada, pero llegué a la escuela en estado de shock. Todavía estaba en segundo año, pero nunca más viajé sola al colegio.


Las anécdotas se enhebran una detrás de otra, cada una tiene varias para contar. Ellos miran atónitos, jamás imaginaron que sus parejas habían tenido que pasar por esas situaciones.

Esa noche me fui con una sensación rara. El tono en el que habíamos contado las anécdotas era ajeno a la gravedad de las historias. Las contábamos en tono risueño, nada trágico, como quien relata algo de la vida cotidiana. Estaba segura de que en cualquier reunión de mujeres que se planteara el tema, todas tendrían más de una experiencia para sumar, y lo harían con la misma naturalidad. No hay mujer que no haya tenido que enfrentar en algún momento de su vida la agresión de piropeadores, toquetones, exhibicionistas, acosadores o abusadores.

Contá la violencia machista





No existe ningún estudio sistemático sobre estas y otras violencias (simbólica, económica, psicológica, obstétrica) que padecemos las mujeres a lo largo de nuestra vida. Por eso es muy auspiciosa la iniciativa de la encuesta Contá la Violencia Machista[i] que impulsa el colectivo NiUnaMenos. La encuesta está disponible en la página de internet contalaviolenciamachista.com, y consiste en un cuestionario de cerca de 200 preguntas en la modalidad de multiple choice, que se responde de manera anónima, y se puede ir completando por etapas. Al momento de cierre de esta nota, ya había sido respondida por 45.800 mujeres de todo el país, de distintas edades y de todas las extracciones sociales. Con el resultado de esta encuesta se confeccionará el Primer Indice Nacional de Violencia Machista, una herramienta indispensable para elaborar políticas públicas y tomar conciencia de cómo se posiciona nuestra sociedad frente a conductas que muchas veces están naturalizadas.

Vale la pena responder el cuestionario. A medida que una va avanzando, se desnudan situaciones que en muchos casos no habíamos advertido como violentas. Desde las experiencias callejeras hasta la vida de pareja, desde el ámbito laboral a la sala de partos, desde los pequeños desprecios cotidianos hasta la violencia física. El machismo está presente en cada rasgo de nuestra cultura, aunque a veces pase desapercibido.

En los ‘90 el psicoterapeuta Luis Bonino acuñó el término “micromachismos”, que definió como “Pequeños y cotidianos controles, imposiciones y abusos de poder de los varones en relaciones de pareja, al que diversos autores y autoras (…) han llamado pequeñas tiranías, terrorismo íntimo, violencia “blanda”, “suave” o de muy baja intensidad, tretas de dominación, machismo invisible o sexismo benévolo. Comportamientos que son especialmente invisibles y ocultos para las mujeres que los padecen.”

Avanzar en la encuesta puede ser una revelación para aquellas que alguna vez pensamos que habíamos vivido ajenas a las situaciones de violencia.

Tarde de domingo

- ¿Alguna vez un desconocido te mostró imprevistamente sus genitales en un espacio público (calle, plaza, transporte)?

Mamá se pone incómoda, duda, y finalmente me pide que responda que sí, que más de una vez una persona desconocida le había mostrado sus genitales en la calle. Es domingo a la tarde, afuera hace frío y está nublado. La sobremesa duró un rato largo, y después, como quien propone un juego, le pregunté si quería que respondiéramos juntas la encuesta sobre violencia machista. Como le cuesta lidiar con la computadora, ella me dicta las respuestas y yo completo los casilleros.

Entonces me cuenta que cuando era muy joven un hombre en la calle la había agarrado de un brazo y la había metido dentro de un auto. Llevaba los genitales al aire. Ella logró zafarse, temblando llegó a la esquina, donde pidió ayuda a unos muchachos a los que siempre esquivaba porque le gritaban groserías. Uno de ellos la vio tan asustada que la acompañó hasta su casa.

Le cuento mis propias historias de exhibicionismo: un hombre masturbándose en la parada del colectivo mientras me miraba fijo (yo tenía 13), un tipo que salió desnudo en una playa desierta y nos empezó a correr haciendo gestos obscenos, uno escondido en un umbral una noche que volvía a casa…

-¿Alguna vez sentiste vergüenza o te sentiste culpable de ser mujer?

Yo no dudo, nunca tuve vergüenza ni sentí culpa, al contrario. Ella, en cambio, duda, y contesta que sí, que sintió vergüenza de ser mujer.

- ¿Alguna vez te descalificaron en privado por alguna acción u opinión tuya diciendo “y qué se puede esperar, si sos mujer…”? (Por ejemplo: al realizar una maniobra conduciendo un automóvil)

Si, muchas, respondemos al unísono y reímos.

- ¿Alguna vez abandonaste tu educación o no aprovechaste una oportunidad de capacitación por tu condición de mujer

Yo no, le digo con suficiencia, sin advertir que fue gracias al camino que ella y mi abuela habían abierto en la familia. Mamá me cuenta que ella pudo estudiar gracias a mi abuela. Mi abuela era miembro de una familia sefaradí donde las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas, mientras sus hermanos estudiaban en la universidad. Corrían las primeras décadas del siglo XX, y en la próspera casa familiar no se podía concebir que una mujer estudiara. No se trataba de una cuestión económica sino de un tema cultural.

Cuando mi abuela formó su propio hogar, mi abuelo quiso repetir la historia: sacaría a mi mamá y a mi tía de la escuela, mientras el hijo varón seguía estudiando. Entonces ella lo enfrentó por primera y única vez: “o dejás estudiar a las chicas o me voy”. Las chicas estudiaron: una psicología, la otra Bellas Artes, esta última contra la voluntad de sus padres, que la consideraban una carrera indecente. Mamá desafió a su familia, y luego continuó estudiando arte después de casada.

Sin embargo, a la hora de contestar la encuesta, me pide que responda que no pudo aprovechar todas las oportunidades por su condición de mujer. Entonces recuerdo las veces que se enojaba porque nadie respetaba su tiempo cuando pintaba en el taller que había armado en un cuarto de la casa de mi infancia. Su condición de esposa y madre había opacado su vocación de artista.

- ¿Alguna vez un docente o un profesor ya sea en la primaria, en la secundaria o en la universidad; te hizo una propuesta sexual como condición para aprobar una materia, un examen o una prueba?

Me cuenta que un afamado artista con el que hizo un taller de pintura una vez la arrinconó en el taller mientras posaba para un cuadro. Ella era muy joven, le dio una cachetada y salió corriendo. Se sonroja aún cuando lo cuenta, todavía le da mucha vergüenza.

- ¿Alguna vez fuiste excluida de alguna actividad familiar (por ejemplo: decidir una inversión, elegir un destino de vacaciones, participar de la organización de un funeral, etc.) por tu condición de mujer?

Se ríe, sí, muchas veces. Las inversiones las manejaba tu papá, lo mismo que todas las decisiones económicas.

- :Antes del parto (durante el embarazo), durante el parto o después del parto, ¿te fue difícil o imposible preguntar o manifestar tus miedos o inquietudes porque el personal de salud no te respondía o lo hacía de mala manera?

- La experiencia de la atención en el parto, ¿ te hizo sentir vulnerable, culpable o insegura?

Mamá me cuenta la noche que pasó internada antes de mi nacimiento. “Me dejaron un montón de horas, yo les decía que las contracciones dolían mucho, que ya estaba, pero las enfermeras me descalificaban, me decían que no podía doler tanto, que eran cosas de primeriza. La única que me escuchó fue la mujer que estaba en la cama de al lado, que les gritó que me atendieran porque estaba por parir. Y tenía razón”.

Rasurado, episiotomía, maniobras inconsultas, falta de explicaciones. La experiencia de mi primer parto fue tan traumática como la de mamá.

La tarde continúa con nuevas revelaciones. Cuando llegamos a las relaciones de pareja, prefiero que pasemos de largo las preguntas porque no quiero conocer la intimidad entre mis padres.

Llegamos a la conclusión de que muchas cosas no han cambiado: el acoso callejero, la violencia obstétrica, el ninguneo diario, el lugar subalterno al que nos resignamos casi sin darnos cuenta.

“Todas fuimos víctimas alguna vez”
La frase está estampada debajo de una mirada de ojos oscuros, en un muro de la muestra Arising (Resurgiendo) de Yoko Ono en el Malba[iii]. La artista invita a mujeres de cualquier edad, de todos los países de Latinoamerica a enviar su testimonio de algún daño que hayan sufrido por su condición de mujer. Los testimonios se imprimen junto con las fotografías de las miradas de las protagonistas y se cuelgan en un muro gigantesco.

Escribe una mujer de ojos graves:

Sus ojos, dos cuchillos afilados que atravesaron mi cuerpo/ Sus manos, decididas y más fuertes que las mías/ Solo hubo silencio y solo sigue habiendo silencio

Otra mujer, con uno de sus ojos morados:

Algo en el aire me dice que tenemos que gritar hasta que retumbe la tierra y todo se transforme. La violencia con la que se convive no es natural.

Los testimonios pinchan como agujas. En la pared de enfrente se proyecta un video llamado “Violación”. Una mujer es seguida por un camarógrafo hasta la exasperación por avenidas, callejones, su trabajo, su casa.

Más allá, una obra llamada “Fly”, muestra una mosca que se posa sobre el cuerpo de una mujer desnuda. La mujer gime, grita, llora ¿goza?. Un cuerpo desnudo, ofrecido, inerte. En este micromundo blanco, los ruidos perturban, sobresaltan, desesperan. ¿Es la mosca o la mujer quien gime? Frente a la mosca que se posa sobre los pezones, sobre el sexo, que hurga en cada rincón del cuerpo con una vibración que ya no es zumbido sino gemido, los testimonios toman otra dimensión.

La violencia estalla en cada palabra, en cada imagen, en cada sonido. La violencia se transforma en reverberación. Y una sale de la muestra temblorosa, lívida como la mujer desnuda, grave como las miradas anónimas estampadas las paredes.

Ten coraje
Ten rabia
Estamos resurgiendo

Dicen las “instrucciones” escritas en el muro.
Ver blog Contracrónicas de SIlvina Quintans

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