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R, por Alejandra Correa




Soy R (42 años, CABA). Tengo formación universitaria y acceso a ayuda y asesoramiento. Sin embargo, que exista algún escape o solución, no hace que se evapore el problema. Toda la energía, el tiempo, el desgaste emocional que lleva buscar una solución a cada uno de los obstáculos que se sucedieron desde que me separé de mi ex, son también violencia.

Vivimos juntos 9 años. Nuestra hija nació luego de 4 años de convivencia. Durante muchos años, vivimos mal. Nos llevábamos mal, discutíamos mucho, no nos hablábamos por temporadas… Durante mucho tiempo, las discusiones eran monólogos de él, hasta que yo empecé a responderle. Eso tornó las cosas más violentas, porque las discusiones eran tremendas.

Nunca me pegó. Una vez, empezó a violarme. Dejé de resistir y desistió. Yo tenía miedo a separarme por imaginar las represalias. Mientras estuvimos juntos, nuestro acuerdo de convivencia era que yo trabajaba informalmente y pasaba más tiempo con nuestra hija. Eso me dejaba en situación de vulnerabilidad: no tenía trabajo estable y estaba supeditado a las necesidades familiares.

Finalmente, A. decidió que nos teníamos que separar. Sin embargo, no se fue y yo no estaba en condiciones de mudarme. Mi familia vive lejos. A. tiene a su familia en capital. Teníamos unos ahorros como para que él alquilara un departamento cerca y se fuera, pero él no lo hacía.

Decidí consultar a un abogado. Me informó que, al ser nuestra hija menor de 5 años, tenía que quedarse conmigo en la casa en la que vivíamos. La casa era de los dos, pero aún en el caso en que hubiese sido solamente de él, por ley él debía cederla mientras nuestra hija fuera menor.

Ante al abogado, A. se enojó. Pero consultó a uno propio y finalmente aceptó irse. En vez de alquilar un departamento, se instaló en la oficina que compartíamos, y así perdí el lugar que era también mi espacio de trabajo.

Durante la convivencia, A. pagaba la tarjeta de crédito que estaba a mi nombre (muchas veces se pagaba con dinero mío). La usábamos para pagar los servicios, el supermercado, gastos en común, Pero durante los meses anteriores a nuestra separación A. había dejado de pagarla. Al tiempo, la inhabilitaron y cuando nos separamos yo me quedé con esa deuda a mi nombre.

Empezó a pasarme dinero para nuestra hija, mientras redactábamos un acuerdo que a último momento decidió no firmar. Hicimos una mediación que convoqué y pagué yo, pero él solo quiso hablar de los ahorros. No prosperó. Usé esos ahorros para pagar el cumpleaños de nuestra hija, la deuda de la tarjeta, la mediación, el abogado y para vivir los meses del verano de 2014, en los que no tenía trabajo.

A. nunca consensuó conmigo el dinero de la cuota alimentaria de nuestra hija. En el tiempo que llevamos separados, varía el monto y siempre lo va disminuyendo. Ahora me da menos dinero que hace 3 años. Con los horarios, con frecuencia se equivoca, olvida y altera los planes.

Cuando éramos pareja accedí a ser parte de su S.R.L. para que él pudiera formarla. Su contador puso eso como mi actividad principal y cuando conseguí un contrato de trabajo tuve que esperar meses para cobrar mi sueldo porque me encontraba en esa situación legal. Hoy se niega a desvincularme y no me da acceso a los papeles que los abogados me piden para una acción legal.

Tengo un amigo en Uruguay que me presta su casa en la playa para irme de vacaciones. A. no firma el permiso para que mi hija pueda viajar conmigo. La única vez que viajamos esperó hasta último momento y tuvimos que hacer un permiso por escribano por 6 días de viaje. Salió tan caro que casi no tuvimos resto para la estadía. Tuvimos una invitación a Disney. El no firmó. Me acusó de querer robarle a su hija para vivir en USA. Quise irme 6 días sola. Me acusó de madre abandónica.

Ya separados, me insultaba tanto y le decía cosas tan horribles sobre mí a mi hija que propuse una terapia familiar. El accedió. Se logró, momentáneamente, que entendiera que no debía hablarle mal de mí a la niña.  A. en la terapia familiar quiso hablar de dinero, de los gastos de nuestra hija y hasta medía en milímetros el papel higiénico que podría usar ella. Entonces interrumpí. La terapeuta estuvo de acuerdo. A. no entendió eso en la sesión y empezó a seguirme en la calle. Era una muy transitada y pude plantarme y decirle que no me patoteara. Se fue. Las acusaciones siguen, y vienen con una amenaza. Me dice que yo pare porque él no va a poder controlar su violencia.


Al lado de otras, mi historia puede parecer banal. Pero lo que A. hace no es justo ni para mí ni para mi hija. Los abogados me dicen que sus faltas son menores, que aun si accede a firmar un acuerdo va a seguir con incumplimientos de poca monta para desgastarme a mí emocional y económicamente. 

Yo aguanto. 

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