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Julia, por Alejandra Correa


Tenía 23 años y hacía poco tiempo que vivía sola. Estaba tan feliz, me sentía tan bien, que creía que a partir de ese momento sólo iban a pasar cosas buenas.

Dos hechos me hicieron prender todas las alarmas para siempre. El primero sucedió una noche en el barrio de Saavedra. Trabajaba en una productora de tv que funcionaba en una casa en Pinto y Huidobro. Ese día se había hecho tarde, serían las 10 de la noche, las 11 tal vez. Cuando salí, caminé derecho por Huidobro hasta Cabildo, seis cuadras a paso rápido, enfocada en llegar.

A las tres cuadras, un auto comienza a seguirme. Se me adelanta y frena en el borde de la vereda. Se baja un tipo con el pelo muy corto, morocho, corpulento. Un cana, pienso. De frente se acerca y me dice: “Flaquita, vení, vamos a tomar algo, te invito”. Lo que decía y su actitud física me hicieron retroceder instantáneamente. El tipo me agarró del brazo derecho y muy rápidamente, lo dobló y me lo puso en la espalda. Con su otra mano me agarró del pelo. Inmovilizada, lo único que me quedó fue gritar. Lo puteé con todas mis ganas, a los gritos. El decía, “calmate, calmate”, yo seguía gritando, lo puteaba sin parar, me sentía atrapada, el tipo empezó a arrastrarme hacia el auto.

De pronto se encendieron las luces del jardín de la casa frente a la que estábamos. El dueño de la casa gritó algo que no supe qué era y empezó a ladrar un perro. El tipo me soltó, se subió rápido al auto y se fue. Yo empecé a correr. Con mis tacos, como pude, hice tres cuadras a la velocidad de la luz. Cada tanto miraba a ver si el tipo volvía. Cuando llegué a Cabildo, todavía temblaba, pero había gente, había luces y me sentí a salvo.

Lo segundo que me pasó, alrededor de un año más tarde fue que conocí en el hall del Teatro San Martín a un muchacho con toda la onda: flaquito, con rastas, hablaba un portuñol muy simpático. Me contó que era de Brasil, de una zona cercana al Amazonas, que estaba viviendo en Buenos Aires. Yo entraba a ver una obra de teatro y el me pidió el teléfono. Se lo di. Empezó a llamarme casi a diario. Me recitaba poemas, sus charlas eran filosóficas, después de varios días, me invitó a salir y accedí. Nos encontramos, caminamos y charlamos.

La segunda salida venía con intenciones sexuales. Me invitó a la casa donde estaba viviendo con unos amigos en el barrio de Chacarita.

Llegué alrededor de las seis de la tarde. Su casa daba a la calle. Él estaba solo, charlamos un rato largo y después tuvimos sexo sobre el piso del living. Yo me sentí rara. Me pareció que el flaco había entrado en una suerte de trance, como si hubiese cambiado su energía, no me prestaba atención, se quería imponer. Cuando terminó, traté de no parecer asustada. Se vé que algo intuía. Esperé un rato y le dije que me iba porque tenía que estudiar para un parcial. Él trató de convencerme para que me quedara. Le dije que no, que me tenía que ir. Entonces me empujó y caí de espaldas sobre el sillón. Él me presionó la panza con su rodilla. Le dije: ¿Sos boludo, qué hacés?

Empezó a hablar en portuñol, pero ya no le entendía nada. Se acostó arriba mío y con el brazo izquierdo me presionó el cuello mientras hacía malabares con la bragueta. Grité fuerte, una, dos veces, tres, pero enseguida me ahogaba, me apretaba fuerte el cuello, me clavaba el codo en la garganta. Tomé fuerza e intenté empujarlo. No podía. El tipo seguía intentando penetrarme y tenía mucha fuerza.

Estaba ya casi sin aire, cuando sonó el timbre de la puerta de calle. El flaco se asustó tanto que se paralizó. Me aflojó el cuello un poco y yo aproveché para empujarlo, y empecé a recuperar un poco el aire, a gritar pidiendo ayuda.

El flaco salió de su trance, yo aproveché para levantarme como con un resorte, agarré mi cartera, abrí la puerta, que estaba cerrada con llave, y salí. Esperaba encontrarme con alguien, la persona que había tocado el timbre, pero no había nadie.

EL flaco salió atrás mío. Me hablaba, me preguntaba: ¿A dónde vas? Quedate y hablamos. Llorando, con miedo y odio le grité que era un hijo de puta, que me dejara en paz.

Caminé acelerada, el pibe me seguía. “Esperá no te vayas así, entendiste mal”, decía. Paré un taxi. EL flaco se quedó en la vereda, cortado.

Llegué a mi casa, me metí debajo de la ducha, asqueada, temblando. Cuando salí, sonaba el teléfono, ere el flaco. Me dijo que yo no entendí, y me quiso leer no sé que. Le dije: Flaco, estás loco, no me llames más: Tengo amigos, hermano, si te me acercás de nuevo voy a encontrar a alguien que te cague bien a palos.

Cortó. Yo estaba asustadísima. Lo primero que hice fue llamar a mi amigo Ariel. Le conté lo que me había pasado. Me dijo: Vos estás en pedo, ¿cómo te vas a meter en la casa de un tipo al que no conocés? Le di la razón, me había descuidado.

Su última pregunta - la que me atravesó y que aún resuena en mi cabeza treinta años después, me dio ganas de pegarle, pero pensé que Ariel era hombre y que por eso no entendía nada- fue:  “¿Vos querías que te violara?”


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