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Testimonio Claudia Aguilar


Era febrero o marzo de 2010. No recuerdo mucho de ese verano, tenía 21 años, había cortado con el que había sido mi novio por 5 años el diciembre anterior y, a veces, es muy difícil saber qué hacer con la angustia.

Había salido a bailar a Ramos Mejía, estaba muy borracha o muy drogada o ambas (si es que existe alguna diferencia). Me tenía que tomar el colectivo de vuelta en la esquina de la casa en la que había vivido con Gastón, mi ex, y en la que él seguía viviendo. Todavía tenía la llave, toqué timbre y entré. Abrí la puerta del pasillo y Gastón abrió la de la casa, que era el PH del fondo. Sólo necesitaba dormir por unos cuantos meses.

En la cama, entredormida, veo al chabón arriba mío. “Salí, dejame”, le grité. Para lo único que sirvió fue para que me agarre las dos manos con las suyas por arriba de mi cabeza y no me dejara moverlas, todo al unísono con el susurro “puta, viniste para que te coja” en el oído. No lo podía mirar a la cara, yo no lo podía mirar a él. Miraba para el costado derecho, donde había una tele arriba de una bibliotequita. Él trataba de meterme la pija y yo me fruncía de la cintura para abajo, que era lo único que podía mover. Era inútil tratar de liberarme las manos. Le pegué una patada en la chota con el pie izquierdo, con toda la planta, me lo saqué de encima y fui a vomitar al baño. Vomité todo lo que había tomado, todo lo que había comido y vomité mucho más también. Vomité en el inodoro, en el piso, en la bacha, en las paredes. Nunca había vomitado tanto.

Sólo volví a vomitar así casi dos años después, cuando por primera vez pude recordar lo que había pasado esa vez, que fue la última vez que vi a mi ex. Recordé entre vómitos, después de leer un texto sobre violaciones por parte de parejas, estadísticas al respecto y algún estudio histórico sobre su estatuto jurídico. Vomité por un tiempo más.

Sólo se lo conté a algunas amigas muy íntimas. La recepción fue diversa. No juzgo a ninguna. Hubo abrazos y también un “no te cagó a trompadas…” que, junto con otras apreciaciones sobre mi desventaja en aquel momento, sirvieron de dudosos argumentos. No juzgo a ninguna. La situación podía exceder cualquier prejuicio de lo que es una violación o un intento de la misma. Yo había ido sola a aquel lugar y, sobre todo,  el pibe no era un desconocido. No respondía al miedo que tenemos cada una si está sola en cada parada de bondi de madrugada o después de coger con unx desconocidx. Es más, el flaco le caía bien a la mayoría, tan buenito que parecía, y más al lado de alguien “con mi carácter”, como apreciaban algunxs familiares.

Su pinta de “buen pibe” no le impidió intentar usar de una herramienta política tan eficaz como la violación, sobre todo me es claro si considero que ya había intentado disciplinarme, en vano, con la amenaza de su suicidio.

Gastón no me cagó la vida ni mucho menos, aunque antes de poder recordar lo que había pasado me sentía incómoda si cogiendo me agarraban las muñecas o algo por el estilo. Hace unos meses tuve una necesidad visceral de tirar la bibliotequita que veía por encima de su hombro izquierdo mientras intentaba ponérmela a la fuerza (dicho mueble y otras cosas fueron mudadas por una amiga un tiempo después esa mañana de 2010). No pude sacarla a la calle. En cuanto llegó al living la desarmé a patadas y hachazos. Los pedacitos de madera se los llevó el camión de la basura.

La única pregunta que me queda es si Gastón, ahora o en el transcurso de estos años, en su situación actual socialmente anhelada de feliz padre de familia heterosexual, pudo alguna vez pensar/recordar/reconocer que intentó violarme.  

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